Uno juzgaría incontroversial que el remake con actores de la opera prima de Disney, Blancanieves y los siete enanos, requiere, cuando menos: i) una actriz que sea 'blanca como la nieve' y excepcionalmente bella; ii) siete actores enanos; iii) una historia de amor. Pues no. Hoy día, Blancanieves debía ser una 'latina' —Zegler no habla español— feminista que no busca amor, sino: "convertirse en la líder que sabe que puede ser", apoyada por siete 'criaturas mágicas' multiétnicas y no binarias. O no, pues luego del repudio generalizado, siempre sí se incluirán 'enanos' renderizados; no enanos reales, porque Tyrion se ofende en nombre de todos y los deja sin una gran oportunidad de trabajo.
Blancanieves (2003)
Hace veinte años hice el primero de una serie de dibujos sobre Blancanieves, luego de releer el cuento original de los hermanos Grimm. Lo hice también con una actitud 'provocadora', pueril y procaz, que ahora me apena: la representé fumando y tomando café en un ático ambientado en los 80's—90's, con una camisa a medio planchar y el piso a medio trapear, entre discos de Leonard Cohen, Tom Waits y The Clash. La idea del dibujo era que Blancanieves, decepcionada del príncipe y de la vida en su palacio, había vuelto a vivir con los enanos, con quienes podía ser libre. A mi manera y por razones personales, ese dibujo era, pese a todo, un testimonio de mi ilusión y añoranza de amor. La serie completa eventualmente se expuso en la Facultad de Filosofía y Letras, por invitación de un buen amigo, como parte de un ciclo de actividades en torno a la presencia contemporánea de mitos y pensamiento mitopoiético. Escribí una presentación escueta para la ocasión, que ya no conservo; pero recuerdo algunos de los puntos principales.
Es importante entender que, dentro de la historia misma, Blancanieves es una anomalía, una singularidad, una criatura fantástica. Según el cuento, la joven reina bordaba junto a la ventana, se pinchó el dedo y cayeron gotas de sangre en la nieve sobre el marco de ébano. Le pareció una visión tan bella, que deseó tener una criatura blanca como la nieve, negra como el ébano y roja como la sangre. Eventualmente, murió al dar a luz a una bebé con esas características, a la que llamó Schneewittchen, i.e. 'blanca [como la] nieve'. Así, pagó con su vida por el milagro que pidió y obtuvo: concebir una suerte de monstruo tricolor, de belleza excepcional. Los tres colores elegidos por los hermanos Grimm no son fortuitos; en el folklore alemán, eran los colores de cierta diosa triple que representaba las tres edades de la mujer: blanco para la doncella, rojo para la esposa, negro para la viuda, i.e. antes, durante y después del amor. Años después, Oscar Wilde usó el mismo recurso para representar la belleza única de Iokanaan a ojos de Salomé; quien, con metáforas refinadas, describe su piel más blanca, su cabello más negro y sus labios más rojos que todas las cosas blancas, negras y rojas del mundo.
Schneewittchen (2021)
Al parecer, el personaje de Blancanieves representa la femineidad en los tres momentos del amor, o al ser amado como la visión más bella del mundo. Quizá se equipara al ser amado con lo más bello, pues, como dice —y luego lamenta— Simone en NieR:Automata: "Belleza es lo que conquista amor" (Beauty is what wins love). Aquí la cópula predicativa 'es' parece denotar identidad, al ser un enunciado cuasi-definitorio: es amada por ser bella, como bella por ser amada, pues el ser amado siempre es lo más bello que existe en los ojos de su amante. Los dos elementos básicos que hacen avanzar la historia de Blancanieves son simples y potentes: ser una mujer en desarrollo y ser "la más bella de todas". A la mitad del cuento, Blancanieves parece una joven cuya sensualidad aflora pero se ve frustrada, al vivir oculta con los enanos (su familia adoptiva), aislada y sin poder consumar su deseo creciente. Es por ello que su madrastra, la nueva reina, puede intentar matarla en tres ocasiones, al visitarla mientras los enanos trabajan. La reina disfrazada le obsequia tres objetos envenenados que apelan a su vanidad, enfatizan su sensualidad o la simbolizan; a saber, una peineta, cintas para su corsé y la famosa manzana envenenada, mitad roja y mitad blanca. Su belleza casi sobrenatural es casi lo único que da sentido a la serie de eventos inverosímiles que componen su historia:
Es por su belleza que su madrastra vanidosa enloquece de envidia y la manda matar.Es por su belleza que el cazador es incapaz de matarla y le hace huir al bosque.
Es por su belleza que las fieras del bosque le siguen de cerca, sin lastimarla.
Es por su belleza que los enanos no la despiertan, al encontrarla dormida en su casa.
Es por su belleza que el príncipe, tan solo verla e incluso creyéndola muerta, se enamora y ofrece a los enanos lo que sea que quieran a cambio de Blancanieves. Los enanos responden que no la cambiarían ni por todo el oro del mundo; el príncipe ruega que se la den, entonces, como regalo, para honrarla y atesorarla siempre como su bien amado, pues ya no puede vivir sin verla. Al encontrar sinceridad en sus palabras, los enanos acceden; el movimiento del ataúd libera el trozo de manzana atorado en la garganta de Blancanieves, quien vuelve a la vida. Así, es salvada por el amor que anhelaba y puede, por fin, consumar.
La versión original de Disney elabora y enriquece esta historia casi esquemática de amor, vituperada y ridiculizada por la agenda ideológica —léase: estrategia comercial— del remake. En una entrevista infame, Rachel Zegler dijo, entre muecas y burlas, que su Blancanieves no sería ya una chica 'rara' (weird) y enamorada de un tipo que 'literalmente la acosa' (literally stalks her); así describió la escena que incluye una de las canciones de amor más puras y bellas en la historia del cine (One Song). El remake fue pospuesto hasta el 2025 debido a la controversia desatada, sintomática de los tiempos, los corazones y sus cambios. El pronóstico no es alentador; pero aún puede uno escuchar o entonar una canción, aunque sea inútil...
One song, I have but one song...
Of one love, only for you.