viernes, 28 de febrero de 2025

Nagisa ( 渚 )

 

    Nagisa (渚) quiere decir, entre otras cosas, ‘playa’. Nagisa no es toda la costa ni una cualquiera, sino una extensión llana de arena blanca, que puede encontrarse en algunos lugares frente al mar.

    La definición propuesta pide que la arena sea blanca, porque ésta no siempre es así. Las primeras playas, al bordear islas de origen volcánico en la Tierra prebiótica, debieron ser todas de arena negra desgastada de rocas ígneas, como aún ocurre en Islandia. Hoy día, la mayoría de las playas son de arena clara debido a una gran cantidad de conchas marinas acumuladas, ricas en silicatos y otros compuestos que les confieren dureza. Esos vestigios de seres vivos, al desgastarse con el paso las mareas durante largos periodos de tiempo, conforman la arena clara de la que podemos obtener variedades de vidrio. Mediante algún proceso de cocimiento de arcillas, pueden obtenerse cristales que abarcan, desde los más vulgares, hasta los requeridas para trabajos de cerámica y esmalte. 

    La existencia del vidrio depende de la disponibilidad de arena clara. Desde la existencia de envases de cerveza barata, hasta piezas de marquetería china o piezas de porcelana, todo proviene de arenas orgánicas: de vestigios o reliquias de vida. De tales polvos, tales lodos, dice la gente; pero cosas muy diversas nacieron, comenzaron su existencia, como arena cualquiera.

    La misma arena que se requirió para la colección de figurillas de ballet del teatro Mariinski o Kirov, durante el periodo soviético—, fue necesaria para la fabricación de la cristalería fina utilizada en los palacios de los zares. El cristal fino se caracteriza por tener algo de fierro en la mezcla; es esa pequeña porción metálica lo que hace ‘cantar’ a las copas más finas cuando son humedecidas y frotadas por el borde. Es por ello, también, que solo con ellas se obtiene un sonido claro, armónico y resonante al momento del brindis. 

    La fabricación de lentes cada vez más nítidos y de curvatura precisa, posibilitó el desarrollo del occhiale o telescopio; el cual fue determinante en las observaciones galileanas y, con sus resultados, en el giro contra la escolástica y la llegada de la física moderna. De modo similar, fue gracias a lentes que Leeuwenhoek pasó, de revisar la calidad de textiles, a observar por primera vez microorganismos y tejidos vivos; con lo cual, nació la microscopía aplicada a la futura biología. Así, la misma arena que, como tormenta, impide la visión, nos permitió ver más lejos y más de cerca que nunca.

     La arena también iluminó la noche. Bombillas y tubos de vidrio, rellenos de gases nobles, permitieron generar luces como la que vio Moisés en la narración del Éxodo: un fuego que alumbra sin quemar. Es decir que, gracias a la arena, pudimos capturar algo de un poder equiparable con la materialización de Dios. Cuando nuevas máquinas revolucionaron los métodos de fabricación de vidrio, la arena posibilitó el surgimiento de un gran número de materiales ligeros, resistentes y con propiedades inéditas. Con el desarrollo de la fibra óptica, sus aplicaciones hicieron posibles hitos como la exploración espacial, la medicina endoscópica, el advenimiento de la computación e internet. 

   Eventualmente, hicimos a la arena pensar. Durante la evolución Entwicklungsgeschichte à la Haeckel— de la inteligencia artificial, el desarrollo de transistores y microprocesadores dependió de entender que el silicio dopado es un semiconductor, i.e., aislante o electroconductivo a voluntad. Esa alternancia controlada entre estados binarios, fue lo que permitió implementar operadores lógicos booleanos en circuitos electrónicos, capaces de resolver problemas de manera determinista, en la medida en que sus procesos sean algoritmizables, i.e., formalizables como máquinas de Turing.

    A la larga, la arena permitió materializar la 'hiperrealidad' o 'realidad virtual'; oxímoron de Baudrillard para referir al mundo donde signos y referentes, sueños y realidad, se desdibujan, invierten y fusionan —no tanto à la Matrix como à la Mulholland Dr.en un espacio abierto de posibilidad. Si la realidad acota lo posible, lo posible aumenta con cada paso en la investigación científica, a través de la 'playa del océano cósmico' que, como dijo Carl Sagan, es este planeta. A través de la mecánica, la electrónica y la fotónica, la serie de pasos ha sido: in situ, in vitroin silicoin lumine.

    Desde los paseos descalzos hasta el surf; desde el asentamiento de humildes comunidades pesqueras hasta la celebración de brindis selectos; desde las burdas ventanas traslúcidas mas no transparentes de los regimientos romanos, hasta nuestra tecnología contemporánea, la arena es el material que lo posibilitó todo. Detrás de todas esas vidas, fines y logros diversos, se encuentra alguna nagisa. La historia de todos estos milagros comenzó con alguna playa de arena blanca, en la que construir castillos resultó ser más que un juego.

    La arcilla se transformó en vidrio, el vidrio se hizo espejo y en él pudimos vernos a nosotros mismos, insertos en el mundo. Parece ser que, en esto, Jesús se equivocaba: al final, no es tan necio el hombre que construye su casa sobre la arena. Si los hombres de Dios construyen sobre la roca sólida de la fe, los hombres de arena, los sandmen que nos visitan por la noche para sumirnos en sueños, construyen maravillas donde se posan. Ambos narran milagros; unos los esperan, otros los realizan.

    Si algún día quedara en mí dar nombre a alguien, atributo de poder y conocimiento, elegiría el de sueños de arena y lagañas. Elegiría las ‘playas sin fin’ rimbaldianas, desde las cuales zarpar en busca de ‘blancas naciones jubilosas’. Elegiría la vitrificación del devenir en la theōria o contemplación, como la que emprendió Georges Sand en su viaje a través del cristal. Elegiría arena blanca, producto de vida, desgaste y muerte. Elijo Nagisa.

(2009 / 2026)